lunes, 18 de noviembre de 2013

Una economía social y responsable


Gonzalo Gayo

Me preocupa que de esta crisis salga victoriosa la cobardía del sálvese quien pueda e impere un nuevo tiempo de hombres y mujeres temerosos por su puesto de trabajo, por su sanidad, por sus jubilaciones, por sus ahorros y por la futura educación de sus hijos. Me preocupa que aparquemos la solidaridad debida a los más débiles y que los egoísmos de unos pocos sigan sometiendo al resto de ciudadanos. Me inquieta que los casi 6 millones de parados y paradas en este país no sean visibles más allá de las frías estadísticas sin que hasta la fecha no haya un plan de rescate como el de la banca o el sector del automóvil que ha sido dotado con generosidad con dinero público.
Me indigna que los directivos de las entidades financieras intervenidas por el Estado estén cobrando indemnizaciones millonarias e incluso alguno dando charlas sin antes pasar por el banquillo de una Justicia que en demasiadas ocasiones mira hacia otra parte. Me sorprende que el mayor desastre ecológico sufrido en Europa se haya saldado con pasar página, como si el Prestige hubiera sido un mal sueño de una noche de verano.
Me asaltan las dudas de una crisis a la que algunos ven la luz de la salida del túnel tras anunciar a los cuatro vientos el final de un rescate bancario que costó 41.500 millones de euros y aun seguimos sin saber cómo piensan devolvérnoslo. Más barato nos habría salido cerrar aquellas entidades quebradas y poner a buen recaudo sus clientes en otras cajas o bancos responsables y eficientes. Cuanto empleo y cuantos recortes nos habríamos evitado si el dinero público se hubiera utilizado en potenciar una economía competitiva, generadora de empleo y riqueza en vez de tener que pagar ahora una deuda insostenible del 95% del PIB.
No es posible salir de esta crisis sin que los errores cometidos sean afrontados y solucionados y menos aún sin crear empleo. Empezando por la responsabilidad de las entidades financieras que deberán de devolver hasta el último céntimo de dinero público y someterse a mecanismos de control, una mayor regulación y un compromiso social respecto a sus clientes. Es urgente aplicar la tolerancia cero a una corrupción que aun hoy cuesta 10.000 millones al erario público sin que hasta la fecha se hayan puesto los medios, ni siquiera producido un gran pacto contra esta lacra que asola la confianza de los ciudadanos. Son necesarios mecanismos de control, transparencia y una justicia eficiente y resolutiva para poner fin a este cáncer del sistema democrático.
Es posible que todo ello no esté en nuestras manos pero frente a tanta resignación y miedos es posible un cambio real si cada uno logramos actuar consecuentemente con los valores que predicamos y que en demasiadas ocasiones se los lleva el viento. A los servidores de lo público debemos exigirles transparencia, honestidad, humildad, que sepan escuchar y den cuentas de su trabajo al servicio de los ciudadanos.
Debemos también ser conscientes que podemos cambiar los comportamientos de las empresas y las entidades financieras desde la fuerza que tiene cada acto de consumo individual, preguntándonos en aquello que compramos o el servicio que contratamos a quién beneficia o que hacen con nuestro dinero.
Si usted compra fruta, hortalizas y productos de su tierra sabrá de su calidad, quien la produce y con su acto generará empleo y hará justicia a tanto esfuerzo. Si a la hora de contratar los servicios de un banco o una caja analiza su transparencia, la democracia de los actos de la entidad, lo que cobran sus directivos o la responsabilidad social asumida estará contribuyendo a un verdadero cambio para salir de esta crisis. Le sorprenderá saber que hoy en España las principales entidades financieras que apuestan por la responsabilidad social tienen un ratio de solvencia muy superior a la banca tradicional. Pregunte por las diferencias salariales en una banca que mantiene proporciones de 1 a 1.800 veces de diferencia frente a otra forma de hacer banca con diferencia de 1 a 6 como máximo.
Posiblemente en su entorno habrá observado la creación de cooperativas de trabajo asociado, de una economía social que ofrece servicios, educación y productos que desarrollan trabajadores que perdieron su empleo y que se suman a una economía social con fórmulas socialmente responsables y democráticas. En el próximo año, se anunciará la creación del Banco Cooperativo Europeo y otras entidades financieras surgirán también desde iniciativas ciudadanas que han puesto en marcha en nuestro país más de 70 monedas sociales.
Sepa que el 75% de las nuevas cooperativas o sociedades laborales sobreviven mas allá de los 3 años mientras el 80% del resto de empresas de corte tradicional no supera los tres años de vida. Sorprende que en un país con casi 6 millones de personas sin empleo, con el 50% del talento de nuestros jóvenes en paro, no se apoye una ley de economía social aparcada desde 2011, sin dotación, ni reglamento pese a que permitiría sumar iniciativas emprendedoras para aunar talentos que generen empleo y riqueza. En Andalucía encontramos la respuesta ya que han sabido potenciar las ventajas que ofrece la economía social para situar a esta región en la vanguardia de Europa en la agricultura ecológica o en países pioneros como en Israel.
Creo que de esta crisis se sale también desde la responsabilidad de cada uno, sabiendo que nuestras dediciones en el consumo deben tener también el componente del bien común, de ofrecer el apoyo y reconocimiento a nuestros agricultores, de apoyar a las entidades financieras que reinviertan allá donde obtienen sus beneficios, de las empresas que crean empleo y asumen una responsabilidad social en su comportamientos y formas de actuar. Es posible y podemos hacerlo para que de esta crisis salgamos fortalecido como sociedad y como país. El reto merece la pena, al menos intentarlo.

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