miércoles, 29 de julio de 2009

UNA MUERTE ANUNCIADA


La agricultura se ha convertido en refugio para cientos de parados que sufren la crisis en sus propias carnes mientras otros tratan de huir del campo ante la reiterada ruina en los precios de miseria que se pagan por las cosechas. Es la paradoja de una crisis que asfixia al campo desde la especulación de unos pocos que tratan de llenarse los bolsillos comercializando con el esfuerzo de los agricultores.
Las tierras se abandonan, los antaño florecientes cultivos se han convertido en pastizales y hasta un 40% de los agricultores está dispuesto a colgar los hábitos del esfuerzo y la laboriosidad ante la ruina de cada año. Y lo pagaremos caro, muy caro, si no somos capaces de reconocer el esfuerzo de quienes de sol a sol son capaces de obtener los frutos que ofrece la naturaleza para nuestra alimentación saludable y crecimiento económico sostenible.
Los agricultores han vuelto a ser los verdaderos sacrificados de una crisis ante las masivas importaciones que han provocado el hundimiento de precios en Europa para mayor gloria de un IPC armonizado que amenazaba con hacer estallar todas las previsiones inflacionistas por culpa de un petróleo desbocado. Los agricultores han vuelto a ser los conejillos de indias para frenar una inflación que amenazaba con llevarnos a la crisis del 29, donde la hiperinflación provocó el empobrecimiento de millones de personas tras aquel octubre negro en Wall Street.
Aún hoy los agricultores recuerdan como el llamado 'milagro de la economía española' y la convergencia con la UE se gestó en los puertos con la masiva importación de productos que provocó que las cosechas se quedaran en el campo mientras se derrumbaban los precios. Mientras los 'gurús' de la economía española subían a los altares por ser los artífices del llamado milagro español de los noventa, los agricultores sufrían en sus bolsillos la primera gran crisis silenciada que situaba su renta a niveles de los años setenta cuando debían afrontar los costes de su actividad a precio de finales de milenio y con un petróleo desaforado.
Y la historia se repite pero ahora con mayor intensidad ya que afecta a la práctica totalidad de los productos del campo ante la política de brazos caídos que practican las autoridades agrícolas viendo como el termómetro de la inflación llegaba incluso a marcar registros bajo cero. Una pasividad interesada que permite recortar los tipos de interés y aplacar la crisis con medidas de estímulo a costa del hundimiento de los productores del campo.
La crisis financiera que azota este estreno del siglo XXI afecta directamente al bolsillo de los agricultores y está provocando el mayor empobrecimiento en los últimos 40 años tras situar la renta media por debajo del 60% respecto al resto de ciudadanos europeos. Una crisis que amenaza con un 40% de los agricultores dispuestos a abandonar su actividad, con una edad media de 56 años, y sin alternativas de relevo generacional, sin que seamos aún conscientes de las desastrosas consecuencias que tendrá la desaparición de la agricultura para la economía europea y las necesarias garantías de un sector alimentario de calidad y sostenible.
Los responsables europeos creen que esto se arreglará remozando una PAC que prime a los grandes productores en detrimento de los pequeños agricultores, lo que sin duda permitirá también meter la tijera para derivarlas a la financiación de la ampliación de la UE de los países del Este. Pero se equivocan, y esta vez puede ser la última que lo haga ante el estrepitoso fracaso de la política agraria europea. Y será demasiado tarde cuando alcen la mirada desde sus cómodos despachos con aire acondicionado y montañas de seudo informes para comprobar que el ejército de hombres y mujeres que trabajan de sol a sol en las viejas y fértiles tierras de Europa dicen basta y abandonan sus tierras o las reconvierten en huertos donde lo único que fructifica son los pilares de cemento y la especulación.
Bruselas sigue sin escuchar a las organizaciones agrarias, sin querer ver más allá de su propia cuadratura de un círculo que nos sitúa en un callejón sin salida, en la que sin duda es la peor crisis agrícola de la historia, y silenciada en lo que muchos ya consideran una muerte anunciada.
Sorprende e indigna ver como los responsables de la economía europea destinan miles de millones de euros de los ciudadanos para taponar la hemorragia de entidades financieras mal gestionadas o como se bendicen ayudas multimillonarias para un sector del automóvil que sigue sin dar respuesta a las nuevas energías que hagan posible su supervivencia. Y mientras seguimos dando la espalda a una agricultura que se basa en el esfuerzo y que sin duda es el origen del progreso de Europa por lo que debe ser considerado un sector estratégico.
Los agricultores deben tener garantizado un precio justo a su esfuerzo frente a quienes se llenan los bolsillos especulando con la comercialización de su trabajo. Los agricultores deben ser reconocidos por su contribución a la mejora medioambiental mientras otros lapidan con cemento la huerta o contaminan y especulan en un mercado de emisiones de CO2 en el que se compra y vende el derecho a contaminar con la coartada de Kyoto o Copenhague. Las mujeres y hombres del campo deben tener garantizada una pensión digna y no la miseria que reciben en la actualidad por un sentido de justicia.
Los responsables de las políticas agrícolas en Madrid, Bruselas, Valencia, o allí donde asienten sus posaderas, deben tener muy claro que están al servicio de quienes no miran el reloj y trabajan de sol a sol. Es hora de que el Gobierno y los responsables de la policía, nacional, autonómica y local, se tomen enserio la impunidad en los robos del campo para que acaben en la cárcel quien se apropie de lo ajeno. Es de justicia que el agua sea un bien público, de todos los ciudadanos, incluidos los agricultores, a los que se les debe garantizar el suministro al igual que se garantiza la electricidad a las empresas. Es hora de que los consumidores premien nuestros productos con su consumo en los comercios que pagan un precio justo a los agricultores. Es hora también de que los agricultores se unan y luchen para que se haga justicia hacia quienes atesoran la sabiduría de un pacto suscrito con la naturaleza, cuyo premio no es ni más ni menos que los frutos de la vida gracias al esfuerzo de las buenas gentes del campo.
Gonzalo Gayo

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